miércoles, octubre 04, 2006

Tequeñón

José Urriola C.


A mí me gustaba en ese tiempo la Nena, pero también Carolina, Daniela un poquito, Karina en cambio me gustaba muchísimo, Elena un montón (es que me gustaba desde los 8, o por ahí), también María Alejandra que estaba buenísima, aunque María Manuela tenía los ojos más lindos y la sonrisa más sincera. Me gustaban todas. Pero ése no es el cuento. El cuento es el del tequeñón. Lo que pasa es que la gente se acuerda de las cosas por años “Yo en el 89 estaba en 5º año y tenía un Chevette rojo que heredé de mi hermano”, o cosas así. Otros se acuerdan es por la música “Yo oía en esa época el Dark Side of The Moon de Pink Floyd y el War de U2, y tenía un mechón así de largo que me llegaba más debajo del mentón”, o pendejadas de ese estilo. Yo en cambio me acuerdo de mi vida es por las parejas, por las mujeres que me gustaron en esos tiempos. Y cuando lo del tequeñón a mi me gustaban todas esas, aunque no necesariamente en ese orden, o me gustaban todas en cualquier orden. Ese día del tequeñón me habían botado de clases “Mira, carricito, es que no te aguanto más, te me sales ya de la clase y te vas derechito para la coordinación”. Yo sentí como una nube roja, como que se me apagó el cerebro ahogado dentro de un gas venenoso y cuando se encendió de nuevo todo era furia y ganas de saltarle a la profesora encima, sacarle los ojos, masticarle el pellejo por trocitos, clavarle las uñas en la lengua. Pero no, apreté los puños, respiré hondísimo y me salí. Caminé rumbo a la coordinación y en el camino decidí que no iba a ir una mierda a la coordinación. Bajé por las escaleras y comencé a recorrer pasillos desiertos, escupí los banquitos del patio uno a uno hasta que se me acabó la materia con la que se hacen los gargajos, oriné dentro de la papelera de cada uno de los baños que encontré hasta que agoté la última gota de pipí, me metí en el laboratorio de biología que estaba vacío y con una regla metálica le aplasté la cabeza al feto aquél que tenían dentro de un frasco enorme de mayonesa lleno de formol, bailé con el esqueleto, le doblé dos costillas hasta arrancárselas de cuajo y las lancé por detrás del armario metálico donde guardaban gradillas, tubos de ensayos, pipetas y matraces. Salí corriendo, me llegué hasta el cafetín y allí estaban Humberto y Tito, los encargados, fumando un cigarrillo mientras cortaban el queso blanco en trozos y amasaban una pelota enorme de masa para hacer pasteles, tequeñones, pizzas. Humberto y Tito, además de todo lo que había en la tiendita del cafetín, también vendían marihuana y coca en bolsitas. Y se corría la voz por allí de que si no tenías dinero para pagarles podías llegar a un arreglo con ellos; te ibas después de clases a su casa en el barrio del al lado y les pagabas en especies. No importa si fueras hembra o varón, a los tipos les daba igual. Pero yo no estaba interesado en marihuana ni en coca, mucho menos en salir beneficiado por Humberto y Tito. Yo quería más bien un tequeñón. “No están listos todavía, carajito, danos media hora” dijo Tito acompañando la frase con un movimiento de dedo índice mugriento cubierto con una curita. Me senté en un murito por allí cerca, dejando los pies colgar en el vacío, en un punto estratégico donde podía ver cómo los dos amigos terminaban de hacer la comida para el recreo. Y en eso Humberto dijo a Tito: “Rebana más queso que nos quedamos cortos, mi pana”. Y agregó -con voz más baja, yo creo que Tito ni oyó-: “Mosca con la máquina que tiene problemas con la hojilla y se le sale”. Tito tomó el trozo de queso, lo colocó sobre la bandeja, encendió la máquina rebanadora y la hojilla empezó a girar, pero con un giro raro, como fuera de eje, como si le faltara un tornillo, se bamboleaba a punto de salirse de control; pero Tito fumaba y reía y hacía comentarios viendo hacia otro lado y ni se fijaba que la ceniza caía sobre el queso, mucho menos en que la hojilla se movía tan cerca de su dedo enfundado en la curita. Hasta que ¡juaz!. Un chorro de sangre que lo bañaba todo y los gritos de Tito: “¡Coño de la madre, coño de la puta madre, me corté, ay, mi dedo, mi dedo!”. Pero el pedazo de dedo no aparecía. No estaba. Desaparecido entre las bolsitas de golosinas, el queso, la masa, el aceite hirviendo, las colillas de cigarrillo. Me fui de allí. En silencio. Me encerré en la biblioteca y salí una hora después. Pasé de nuevo por el cafetín y sólo estaba Humberto detrás del mostrador. Quedaban también dos tequeñones íngrimos y abandonados en esa especie de pecera caliente que tienen en las cafeterías. “¿Me das dos tequeñones en una bolsita para llevar?”. Y cuando me los dio, en una bolsita de papel ya transparentada por la grasa, pregunté: “¿Apareció el pedazo de dedo de Tito?”. Humberto hizo gesto de No con la cabeza, con la mirada ausente, como si le estuviera preguntando si tenía salsa agridulce para echarle a la comida. Me comí mi tequeñón con ganas mientras subía por las escaleras saltando los escalones de dos en dos. El otro, el más grande, el más gordo, el que se veía más sabroso, se lo daría a la profesora. A ver si bajaba la guardia, a ver si dejaba de tenerla cogida conmigo, a ver si lo tomaba como un gesto de paz. Los niños en las películas regalan manzanas rojas, por qué no iba yo a regalarle a la maestra un tequeñón. El último de los tequeñones. Me acerqué al escritorio y en el camino hacia la profesora me fui colgando en la cara mi mejor sonrisa: “Tome, profe, para que hagamos las paces. No se ponga brava conmigo”. Y por primera vez en su prostitutísima vida la mujer me sonrió. Me sonrió de verdad, le brillaron los ojitos de roedor maligno y hasta me dijo: “Caramba, gracias… qué sorpresota, ni siquiera me dio tiempo de comer en el receso así que me cae de perlas”. Yo hice gesto con la mano como diciendo “no es nada” y me fui a sentar. La maestra sacó el tequeñón de la bolsa, que era ya una lámina translúcida de aceite y papel, y le hincó diente con gusto. Y sonreía como con la mirada, contentísima, y las niñas se acercaron a ella para hablar de cualquier cosa mientras la veían comer. Y yo miraba con deleite todo eso desde mi pupitre, a distancia, como si fuera un cuadro hermoso pintado por alguien. Por un pintor que al final acababa siendo yo mismo. Y la veía masticar el pedazo de masa frita relleno de queso, ñam, ñam, ñam, y mastica que mastica, con ese gustazo, y dale que mastica (que ya me parecía que estaba masticando más de la cuenta, como si en vez de queso aquello estuviera relleno con chicle, o de un caramelo de esos blandos de fruta). Hasta que se hartó de masticar y se metió dos dedos en la boca con cara de susto y lo que sacó de allí, de entre sus muelas, no era queso, no era masa, no era ni siquiera un pedazo grasiento de bolsa de papel ni servilleta: era la curita mugrienta del dedo de Tito.

Vomitó allí mismo. Vomitó como Linda Blair en El exorcista. Pero en vez de verde en amarillo. Vomitó chorros a propulsión sobre carpetas, escritorios, pupitres. Sobre la Nena que estaba enfrente, sobre las crinejitas doradas de María Manuela, sobre los dientotes de boca abierta de Daniela, sobre los ajustadísimos jeans de María Alejandra que tan buena estaba. Y todas y cada una de ellas vomitaron a su vez. En una reacción en cadena, como en un efecto dominó de bilis y vísceras y contracciones abdominales y excesos de salivación en las bocas vueltas líquido.

Yo salí del salón con sigilo. Cerré la puerta como si fuera la de un teatro y me fui por el pasillo apurando el paso hacia las escaleras con la convicción de no voltear. Con la certeza de que ese sería mi último día de clases en la vida. Como de hecho fue.

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

ASCO. jajajjaajaja. Me ha divertido un montón, me dio lastima con Maria Manuela, Mary, y las otras que no conozco, pobres vomitadas por esa profesora..... cualo será esa profe, en quien estarías pensando????

Abrazo.
IERL

4:05 PM  
Blogger carloszerpa said...

Bieeen Hermano
me encantò esta historia
de verdad es estupenda..
viva el tequeño
muerte al regetton.. perdòn.. al tequeñòn.

10:57 AM  
Blogger Ophir Alviárez said...

Yack!
Me pareció terrorífica la historia, creativa, es cierto, pero de terrorcito, aunque con ello no reste méritos a lo lograda que está. Ay! Cómo se te ocurren esas cosas...

OA

11:00 PM  

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